Recuerdo las caminatas de domingo por el barrio “El Bosque” en Santiago, esas caminatas de invierno en donde los rayos de sol iluminan tu cara, y donde no llegan a todas partes debido a la abundancia de sus árboles. El frío lo sientes en tus manos y nariz, pero va pasando a medida que vas caminando. Hay muy poca gente en las calles y pasa una que otra persona en su bicicleta, a veces pienso si disfruta tanto esta brisa que se siente, como la disfruto yo.
Las veredas con mucha historia y estilo, con olor a años ochenta, donde los edificios no superan los 10 pisos. Se puede escuchar la tranquilidad en este lugar en medio de una ciudad inundada de caos y ruidos. Miro hacia las terrazas de los departamentos y veo los copihues que salen de ellas y el sonido del canto de los picaflores.
Me siento afortunada por disfrutar con mis sentidos cada rincón de esta caminata. Me siento libre, me siento plena, me siento feliz y aunque en este minuto me encuentre llena de problemas, este lugar me trae recuerdos como si fuera ayer, y los olvido completamente porque alguna vez pude oler la libertad de no pensar nada y solo sentir.

